En cierta ocasión, los colores comenzaron a pelearse. Cada uno
quería ser el más importante.
El verde alegaba que era el color de la vida y la esperanza, y el
más repartido en la naturaleza.
El azul reivindicaba ser el color del agua y del cielo, del mar y de
la paz.
El amarillo decía ser el color de la alegría, del sol y de la
vitalidad.
El naranja pretendía ser el color de la salud, de la vitamina y de
la fuerza.
El rojo subrayaba su fuerza y su valor, su pasión y su fuego.
El púrpura subrayó que era el color de la nobleza y del poder.
El añil hacía notar
que era el color del silencio, de la reflexión,
de la oración y de los pensamientos más profundos.
La lluvia observó la disputa e intervino con su fuerza. Los colores
se acurrucaron entre sí y se fundieron en uno.
Cuando cesó la lluvia, se desplegaron en forma de arco iris y todos y cada unos de ellos lució su belleza y se dieron cuenta de la
belleza del conjunto.

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